“Todos eventualmente se separan de lo que más aman, querida” Alicia a través del espejo. Lewis Carroll

Salté dentro del espejo para poder hablar de tú a tú conmigo, sin cristal de por medio. Una vez dentro sólo estaba yo, desde otra perspectiva. No yo con mi yo reflejado. Sólo habíamos cambiado de posición, ahora yo dentro, él fuera…¿o al revés? ¿quién seguía siendo el prisionero?

Salí de ahí o volví a entrar, no lo tengo claro; ni eso, ni nada…

La vecina de abajo, en un alarde de derecho absoluto, daba golpes con el palo de la escoba (o de la fregona, o a saber lo que una persona aburrida puede sostener junto a su alegría polvorienta) en su techo, que era mi suelo. De las pocas veces al día que solía estar encima de alguien.

Hablo muy alto, porque en mi tierra se habla muy alto. Tan alto como habla nuestro corazón. Una transparencia que por lo que se ve, molesta.

Hablo muy alto, pero no me escucho.

Abrí la puerta y salí al rellano dispuesto a ir en busca de otro espejo. Era cuestión de vida o muerte. Lo fácil era lo último, 3 somníferos y un trago de whisky. Eternidad. Tentador. Como siempre me gustó complicarme, por mera práctica lo complicado me resultaba fácil, y entre esas dos facilidades, me incomodaba más la idea del alcohol que me repugnaba inmensamente. Aunque en mi lista de intolerancias el alcohol estaba por debajo de las mayorías, odiosos estandartes de la mediocridad. Necios unidos por su cobardía con algún listo sin escrúpulos adherido a sus filas para sacar provecho. Y ambos necios, que hacen de esta comunidad un paraíso de la hostilidad, depresión, del cinismo. Un paraíso anodino. Bueno, puede que incluso me desagraden a la par. La mayoría bebe.

No tuve que salir del edificio, en el vestíbulo, un espejo enorme era el testigo de las idas y venidas de los inquilinos de los siete pisos que sostenía aquel viejo inmueble. Una masa de hormigón y de tuberías oxidadas que conducían agua sucia. “Me estoy haciendo mayor” – me parecía escucharle cada mañana. O igual era yo, hablando muy alto de nuevo.

– ¡Tú, yo! no sé cómo llamarte… Ahora no puedes escapar, ahí hay espacio para los dos. Voy a entrar, no huyas por favor – pensé que este ruego sería en vano y que terminaría atrapado en otro bucle existencial, monólogo por banda en una conjura contra la señora del sexto, pero sobre todo contra mí mismo.

Mi yo reflejado, irreal, real o el yo original,  debió intuir que no desistiría de tal necesidad, y cuando salté, allí me esperaba hierático.

– ¿Nos queremos de una vez?

Carolina Itsaso