Una historia inspirada en el cuadro El cambista y su mujer de Quentin Massys, antes de poder contemplarlo en la segunda planta, en el Louvre, en París.

El día que retrataron a papá y a mamá recuerdo mi abstracción con el trajín del brazo del pintor, una coreografía nada torpe. Yo apoyado en la estantería, testigo privilegiado junto a ella de la otra parte de la escena.

Pasaba el viento por el hueco de una puerta semiabierta. Prisionera ésta, anclada a un taco de madera, y privada de su digna función de estar del todo abierta o del todo cerrada. Era la puerta que daba al jardín. Exuberantes palmeras, arbustos y rosales, reguñían en pos de solidarizarse por semejante injusticia y también por mero egoísmo, pues solía ser a esa hora cuando ventilaban la casa dejando todo abierto de par en par a merced de su ávida curiosidad.

En corrillo espiaban diestramente el oficio y me chivaban, a través del viento, cuál sería el siguiente color en el que ahogaría los pelos del pincel.

¡Ay el viento! Viejo galán… antes de ejercer de emisario había parado ante el pintor mesando suavemente las plumas de su sombrero. Y luego ya, tras cumplir con el recado, salía ufano por la puerta principal. Puerta también condenada , como la del jardín, a dejar visible sólo un resquicio para regodeo de un par de vecinas, cotorras, que sin perder la oportunidad de asomarse al panorama, chismorreaban envidiosas la reciente riqueza adquirida de mis bien avenidos padres. 

Una araña minúscula descendía, no sé si con sigilo o timidez, de la lámpara árabe ahorcada en el artesonado de madera, que mi abuelo (allá en el cielo alcance gloria) había regateado, santa paciencia, a un comerciante turco.

Los cristales azules, violetas, verdes y anaranjados de la lámpara, refractaban el sol que se colaba por la ventana de la estancia formando un arco iris en divina fundición con los óleos del artista.

Y cuando parecía que todo fluía en impecable armonía , una moneda cayó de la mesa y salió rodando a toda prisa para acabar estrellada y humillada contra la pata de una de las sillas de la habitación contigua. Aún desconozco cuáles fueron sus razones, si por hambre, al ser la cocina, o si urdía un plan de escapatoria de tal esclavitud capitalista. Fracaso estrepitoso. La cocinera la recogió del suelo y mirándome con cara de pocos amigos, se la guardó en el bolsillo del delantal. ¡Cuan caprichoso es el destino! acabaría cedida en un sabroso trueque a cambio de un pastel de manzana.

Mi madre no sabía leer, pero sí de cuentas. Era avispada y perseverante. Aquel triunfo en nuestra economía había sido sin duda, gracias a ella.

Mi padre, de familia humilde, contemplaba las monedas incrédulo y las manejaba con prudencia , como si aún desconfiara que lo acontecido no deviniese real sino sólo un sueño.

Se amaban, me amaban, nos amábamos… ¡Cuánto me acuerdo de aquel día!

Ahora de mayor, achaco a mi falta de perspectiva la desilusión que me llevé cuando finalizado el cuadro, detrás de mis padres, sólo aparecía soberbia la estantería.

Y ahora, como pintor,  sirvo la venganza en paleta fría y le hago un guiño a ese niño a través de mi imagen reflejada en el espejo. Espejo que yace sobre la mesa donde ni el libro, ni la codicia, serán jamás fieles embajadores de la verdadera historia de mis honorables progenitores: el cambista y su mujer.