Los mayas construían monumentos que iluminaban por dentro para señalar dónde era arriesgado o posible desembarcar. Los celtas encendían fogatas para enviar mensajes a lo largo de la costa. Pero fueron los griegos quienes dieron el nombre a los faros: fuego que señala el fin del mar.

-¡Antonio, hijo! ¿Qué te pasa? ¡Antonio! – su madre le zarandeaba descompuesta – ¡Oh Dios mío, Antonio!

 La madre de Antonio, una mujer recta, de tan recta llena las articulaciones de óxido, había tenido una infancia dura, conteniendo su rebeldía en una casa de hombres, a menudo vacía, intelectuales de puertas para afuera, primitivos con el cerrojo echado. Su carácter se había forjado en metal, aislado, como aquel que se ha acostumbrado al silencio de su voz y le duele soltarla para hablar. Pasaba largas horas en la biblioteca, limpiando de polvo el filo de los libros con su dedo índice, allí donde la servidumbre no llegaba con el plumero, indecisa en las elecciones, todas de hombres también, nadando en una normalidad que la impedía si quiera plantearse por qué las mujeres no frecuentaban ninguna portada en aquellos estantes.

 Cuando vio a su hijo con una transparencia tal que permitía reconocer la ciudad, el mar y la isla como si nada se interpusiese, su voz salió arrasando la pared de la garganta, hálito lleno de esporas de óxido, y parando el vuelo de una gaviota que justo pasaba cerca. En ese momento se dio cuenta que el barquero no estaba y que la barca navegaba sola hacia la isla como si los tablones de su esqueleto estuviesen imantados y respondiesen al otro polo situado en las rocas.

 Sin pensárselo cogió los remos y como si el miedo le hubiese aceitado el óxido de su cuerpo, dirigió la barca hacia la playa de la ciudad, consciente de que el destino que les esperaba en el faro era un viaje hacia una muerte temprana. Nadie veía en la costa. Sus ojos pequeños y azules, sólo proyectaban el oleaje, por no haber pagado la renta al mar, y así fuese un recordatorio continuo de su deuda.

La niebla empezó a invadirlo todo menos el color de la tez de Antonio, que paradójicamente, iba aumentando.

 – ¡Madre! ¿Qué hace? Parecía ida y ahora con los remos…¿por qué vamos de vuelta? Donostia había desaparecido, ahora la vuelvo a ver nítida como a usted..

– ¡Hijo! ¿Qué te ha pasado? No reaccionabas, el barquero no está, íbamos contra las rocas, me he asustado, ¿qué está pasando, Dios mío?…

– Debe haber caído al agua, con esta niebla lo hemos perdido, hay que regresar y dar la alarma…

CONTINUARÁ

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