Siempre que puedo me siento en el muro del Acuario de Donostia y observo el faro de la isla de Santa Clara, en frente, abandonado. El faro es siempre otro dependiendo de cuándo y desde dónde lo mire. Y al mirarlo, me dejo arrastrar por sus paredes desportilladas a los tiempos en que lucían lustrosas y blancas.

  1. En la lejanía, entre bruma y olas rompientes, pudo divisar la silueta del faro en la isla de Santa Clara que habría de ser su hogar durante los siguientes veinte años.

Una isla pequeña, a la intemperie,  a 43º, 19’ y 43’’ altitud norte y 2º, 0’ y 7’’ longitud oeste del meridiano de Greenwich. Sostenida en vilo por mareas vivas y miles de ojos que observaban la bahía de San Sebastián amenazantes,  y por la inmensidad del Cantábrico. Un faro de sexto orden y luz blanca con un alcance de doce millas, aislado, sostenido por un edificio sobrio con dos aljibes, el edificio sostenido por el peñasco rompeolas, el peñasco por el mar; la única señal de humanidad de Santa Clara.

Hasta hacía poco la isla había sido cultivable, patatas, maíz, alubias y algunos frutales cuya fragancia guiaba a los marineros hasta su embarcadero. Tierra yerma ahora, necesitaba los destellos en fases de dos segundos encendido, dos segundos apagado, dos segundos encendido, catorce segundos apagado, de la lámpara de petróleo para salvar los barcos de naufragios.

Muchas eran las historias que había escuchado sobre aquella isla y ninguna le prodigaba la confianza necesaria para coger la barca que les llevaría, a su madre y a él, hacia  aquél remoto y cercano lugar.

La mirada del barquero se perdía en el horizonte gris mientras cargaba el escaso equipaje, otro gesto del horror que se avecinaba.

La peste, aterradora protagonista a finales del siglo XVI, se había quedado aterida de polvo entre los recuerdos de varias generaciones de donostiarras.  Pero seguía anclada a los últimos suspiros de los anteriores fareros, quienes caían enfermos de locura, acosados por sombras bubónicas que reclamaban la ermita despojada.

Subieron a la barca, en silencio, como si temiesen romper el equilibrio, el de la madera, el del barquero y el suyo propio. Apenas había amanecido, la luz era un espejismo que se filtraba tímida entre las nubes y se difuminaba en la negrura del agua.

Después de varios años trabajando en el sur le habían asignado un faro en su tierra. Había estudiado duro en la academia para convertirse en técnico mecánico de señales marítimas a las órdenes del Cuerpo de fareros del Estado, su primer destino Cádiz, tierra demasiado caliente para un hombre rudo y frío. Quería volver, enraizar su carácter tosco en su amado norte. Lo había conseguido, por fin.

Pero en un instante abrumador de miradas al barquero, a su madre, a la bahía, a la isla, le acechó una inquietud que le hizo desear no haber vuelto.

La breve travesía arrugó el tiempo en una niebla densa, parecía que no avanzaban, que permanecían acariciando la misma ola, como si ésta los retuviera a sabiendas de los acontecimientos futuros.

Antonio miró para despedir la bahía una última vez. Se frotó los ojos y volvió a mirar con más intensidad, como si pudiese extender sus globos oculares como un catalejo. No había nada. La niebla se había tragado el pasado, y al barquero. Miró a su madre que impertérrita se hurgaba con la uña del dedo gordo en las uñas de la otra mano.

 – ¡Madre, por Dios! ¿ve usted? No hay nada detrás, ¿y el barquero? ¡el barquero no está!

 Su madre le devolvió una mirada muda y siguió, sin inmutarse, hurgándose en las uñas.

CONTINUARÁ