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“Se había acostumbrado al silencio de su voz y le dolía soltarla para hablar”

Limpiaba casas por dinero. Era un trabajo cómodo, sólo tenía que hacer y dejar su pensamiento libre vagar por el almacén de recuerdos. 
Este solía entretenerse algunos días, dando vueltas al sentido de la vida, de una manera curiosa, sin ansia de descubrir o sentirse realizado. Le parecía increíble el rechazo que generaba creer en intangibles como el alma, y el poder que se le atribuía a otros como las preocupaciones. Sabiendo con certeza que estas últimas no son ciertas. Cuando limpiaba espejos soltaba su mirada que, como un perro feliz al liberarle de su correa, saltaba entusiasmada recorriendo cada rasgo de su rostro. Tenía los ojos muy grandes, verdes, como el trapo con el que restregaba el cristal. Los dientes separados que muchos dentistas desde pequeña habían querido, cual celestinas, juntar, basándose en la misma necesidad irreal que las preocupaciones. 
Acababa la jornada tarde, cuando el pintor había dado vida a las farolas, borrado al sol y a los transeúntes, y coloreado el cielo de azul añil y motas de purpurina. El paseo hasta casa era agradable. Al abrir la puerta la soledad le quitaba el abrigo, le servía la cena, le arropaba en la cama y dormía junto a ella. Pasaban semanas sin cruzarse con nadie. Su voz se convertía entonces en un intangible del que dudaba, muchas veces, su existencia.