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Mi abuela me enseñó a cascar los huevos cocidos. Un golpecito arriba, otro abajo, a los lados y rodarlos debajo de la palma de la mano, suave, por la encimera. Entonces, la cáscara queda como un mosaico, y a veces sale entera, otras se lleva algo de clara cuajada con ella. Esos fragmentos de cáscara me recuerdan lo rota que estoy por dentro. No siempre. Pero sí es la misma metáfora que cuando paso con el coche por un pueblo que se llama Alegia, y según el día, leo “Alergia” o leo “Alegría”. Que mi abuela ya no esté alrededor no significa que no me acompañe en la bella gris cotidianidad doméstica y callejera.