Era  la primavera de 2017 en Barcelona. El cine Maldá, una antigualla de sesión continua escondido en unas oscuras galerías en el corazón del barrio Gótico, proyectaba “El editor de libros”. Por aquel entonces, un grupo de escritores nos reuníamos semanalmente para disfrutar de la variedad de actividades literarias que nos ofrecía la ciudad o para dejar llevar nuestra imaginación e imprimirla en papel en diversos escenarios. Esa vez decidimos ir a Maldá.

La película era una crónica de los tiempos de Max Perkins, el editor de libros más admirado del mundo, centrada en su relación con el escritor Thomas Wolfe.

El descubrimiento de este escritor, junto con la experiencia en esa joya de la resistencia, me hicieron vibrar feliz el resto del día, a mí y a los demás.

 

 

 

Mi amigo Toni me regaló “El viejo Rivers”, el primero de muchos de los libros de Wolfe que luciría mi librería.

Pero es  “El niño perdido”, con su prosa de un lirismo desbordante, una de sus obras fetén.

Thomas Wolfe nació en 1900 en Carolina del Norte y murió joven; vividos 38 años la tuberculosis se interpuso entre la tinta y él. Autor prolífico de la generación perdida que entregaba manuscritos interminables que sus editores se ocupaban de recortar.

“El niño perdido” es una novela corta, de apenas 50 páginas, con una intensidad descriptiva que hay que degustar despacio como un Rioja Gran Reserva.

La novela cuenta, en cuatro tiempos, con cuatro voces distintas muy bien diferenciadas y en cuatro largos capítulos distintos, la búsqueda del “niño perdido”, del hermano muerto; el hermano mayor de Thomas Wolfe, Grover, un niño aturdido por la belleza y la crueldad del mundo, “en ese momento fue testigo de la unión entre el ahora y el para siempre”. Sus sentidos le permiten captar el misterio de las cosas, su desapercibida elocuencia, su impaciencia por existir por sí mismas, sin preocuparse de su utilidad o necesidad.

Thomas Wolfe se introduce en el relato, con una visita a la Casa donde murió Grover.

“Sólo tenía doce años y qué adulto nos parecía a todos… Todo vuelve como si hubiera ocurrido ayer. Y entonces se va y parece lejano y extraño como si hubiera ocurrido en un sueño…”

Al cerrar el libro, te sientes un niño perdido más, en un mundo que transcurre ajeno a nuestra existencia.

 

Lee, reflexiona, despierta.